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EL INFORMANTE

La noche de Tehuantepec

La noche de Tehuantepec
La música, arte es suscitar una experiencia estética en el oyente

 

 

Así lo hicimos, pero el terreno nos seguía pareciendo impreciso, y por una vez me alegré, pues comprendí que no estábamos cerca de la plaza sino en otro ruidoso lugar. La música aumentaba conforme avanzábamos; al cabo de un rato fue lo suficientemente nítida como para que fuera imposible confundirla con el griterío que habíamos escuchado en la feria y que producían muchos altoparlantes que mezclaban su sonido destemplado con el de los organillos de los carruseles y con el estruendo de los cohetes o el de las armas de fuego del tiro al blanco. Delante de nosotros, al contrario, la nota aguda de una trompeta dominaba las de otros instrumentos menos identificables; no podía tratarse sino de una sola orquesta que tocaba una especie de marcha, o de un baile rápido, lo cual nos hizo pensar en un cabaret al aire libre o, por lo menos, bastante descubierto bajo el cielo nocturno y no en un prostíbulo, que habría sido un encuentro natural en estas calles pobres y sucias.No era, sin embargo, ni lo uno ni lo otro y después de haber caminado más y haber doblado en una esquina vimos un espacio bastante amplio con unos árboles y unas cuantas casas. En el centro había una iglesia tras los muros de un atrio al cual se entraba pasando bajo un arco barroco, iluminado con guirnaldas de luces; la iglesia estaba alumbrada con pequeños fuegos alineados, veladoras que subrayaban su arquitectura. Iban y venían siluetas que demostraban que al menos en este barrio, no toda la gente había cedido a la atracción de la feria.Unos pasos después llegamos al pórtico, y la música al otro lado, se exaltaba en la noche, sin que pudiéramos ver a los músicos, como una materialización de bocanadas de aire caliente que de vez en cuando acariciaban nuestras caras. De manera similar, las luciérnagas, en silencio, hacen pensar en notas que en vez de resonar toman forma y se encienden en una noche de verano. Estos bellos insectos no habían acudido a la cita y sin embargo, al entrar llevaba su recuerdo en la memoria e imaginaba con tal nitidez el atropello brillante de su vuelo que me parecía verlas nuevamente en una pantalla; pero deben haber sido las pequeñas flamas, que por cientos o millares vacilaban ante nuestros ojos las que me hicieron pensar en la luminosidad temblorosa y continua de las luciérnagas. Había una verdadera galería de luz entre el arco del atrio y la puerta de la iglesia: había veladoras suspendidas en todos los postes que bordeaban el camino y arriba del alambrado, de tal manera que la vista encandilada no podía distinguir al principio lo que había en el atrio, sino que se dirigía hacia la puerta abierta y el interior iluminado del santuario. Había bancas de madera entre los postes a lo largo del camino donde se sentaban unos hombres y unas mujeres de rebozos negros.Sin detenernos en el atrio, donde se adivinaba a la gente de pie o sentada ante una mesa bajo los árboles, fuimos directamente hasta la iglesia, de donde parecía venir la música. En efecto, allí dentro estaba la orquesta: cuatro o cinco músicos con aspecto de bandoleros tocaban el violín, el saxofón, la trompeta y la corneta, recargados despreocupadamente en las estatuas de santos y santas, marcaban el ritmo con el pie, sacudían a veces sus instrumentos tapados por la saliva, charlaban a ratos con ese aire de delirio y distracción que es la actitud favorita de los músicos negros y sus imitadores. Supongo que improvisaban; en todo caso, sus esfuerzos producían una cacofonía con buen ritmo. Y no menos extraña resultaba la iglesia, casi desierta en su alrededor.Casi, dije. Porque si bien no había ningún fiel en la nave –nadie de rodillas ni posternado ante las imágenes de madera o las reliquias de las vitrinas- había varios niños en el coro, agrupados tras la balaustrada como ganado. Una pequeña y un niño bastante hermosos estaban junto bajo los pliegues de un largo rebozo negro que les cubría la cabeza; se miraban a los ojos y se tomaban de las manos, frotaban sus cuerpos suavemente al ritmo de la música, vacilando, al parecer, entre el deseo de bailar y el de fingir unas nupcias. Otra pareja –a menos que se tratara de un trío- los acompañaba y hacía lo mismo detrás de un arbusto de cirios encendidos. El olor de las plantas y las flores aromáticas pesaba en el aire, aumentando la tensión de la escena que se desarrollaba en el coro. Los pequeños, mudos, arrullados por el extraño jazz, tenían tan poca consistencia que nos habría gustado tocarlos para estar seguros de que ellos estaban vivos o nosotros despiertos. Un sentimiento de respeto (¿humano?) difícil de explicar nos lo impidió.Los músicos salieron de la iglesia tras un acorde final desgarrador (en cierta forma un poco trillado) y nosotros los seguimos, dejando a los niños que no daban la menor muestra de inquietud o alegría al quedarse totalmente solos. La orquesta se instaló bajo uno de los grandes árboles que habíamos visto al entrar y volvió a tocar ruidosamente, aunque con más discreción que en la iglesia, que era una caja de resonancia ideal y aumentaba el entusiasmo y furia de los ejecutantes. Tal vez estaban algo cansados y necesitaban calmar su sed. Con tal propósito les llevaron varios vasitos que debían estar llenos de un líquido altamente reconstituyente, de la mesa larga donde estaba un grupo de especto tradicional y solemne. Como también nosotros estábamos cansados, nos sentamos en una banca del paseo, bajo las guirnaldas de las veladoras. Tal vez gracias a esta iluminación un tanto teatral pudimos entrar al juego y participar directamente en lo que hasta ahora se había desarrollado ante nosotros, como meros espectadores, ya que nadie nos había notado y los indios nos habían mantenido al margen (sin que eso nos molestara) mediante su respeto, indiferencia o ceguera fingida, como suelen hacer con los extranjeros. De manera similar, en los sueños, como si un foso (el “foso” de la ópera) nos separara de ellos y después, sin que sepamos el motivo, sucede que uno de los personajes tiende los brazos y la separación se anula. Entonces el enemigo nos da un golpe, o una mano amiga nos ofrece un regalo, una caricia, una boca que abre los labios y el sueño deja de ser una visión para convertirse en una rara y breve alucinación que pone en juego todos los sentidos. Me pareció que semejante cambio ocurrió cuando vi levantarse y venir hasta nosotros a uno de los viejos de la mesa (o del tribunal) que nos dio la bienvenida brevemente al ofrecernos dos vasos. Se lo agradecí y los vaciamos de un trago, como suele hacerse. Era mezcal, de una fuerza y agarre sorprendentes, y en cantidad algo excesiva.Pasado el primer golpe de la bebida y una vez que mis ojos se acostumbraron a las luces observé que la mayor parte de la gente que entraba al atrio se dirigía primero a la mesa larga a dejar unas cuantas monedas sin decir nada, mientras que uno de los ancianos anotaba algo en un cuaderno. Hice entonces lo mismo que los recién llegados, puesto que no había seguido la regla al llegar, y coloqué dos o tres pesos sobre la mesa, como si yo también tuviera que ser juzgado. Mi ofrenda fue aceptada y la página de inscripciones se enriqueció con una línea que no pude leer. En silencio me ofrecieron un vaso de mezcal que bebí sin desconfianza, ya que no recuerdo haber sentido nunca desconfianza en un sueño.Regresé al lado de Bona en la banca. Como resultado de la ofrenda o de la inscripción volvieron a presentarnos una bandeja con unos vasos que tuvimos que beber; del mismo modo nos pusieron un cigarrillo entre los labios, que nos encendieron sin preguntarnos y que soporté con menos gusto que el aguardiente, pues no acostumbro a fumar. Tras recuperar sus fuerzas, la orquesta entró nuevamente a la iglesia y ahora hacía el ruido de un terremoto, con eructos interminables y gruñidos que bien hubieran podido acompañar a un río de lava fundida. “La borrachera es de naturaleza volcánica”, pensé bruscamente y absurdamente, asombrado de esta idea que nos avalaba y que ignoraba de dónde me venía. No obstante iba a decirla para sospesarla mejor una vez escuchada y saber qué le parecía a Bona. Pero no. No dije nada. Acababa de aparecer una maravilla absoluta y ambos quedamos estupefactos, sin aliento, creyendo en el testimonio de nuestros ojos como sólo puede creerse por gracia del amor en la aparición más inverosímil.En realidad era solamente una niñita, tal vez de unos cinco o seis años, pero con un rostro encantador y una mirada seria enmarcada por unos rizos negros y la maravilla radicaba en que la pequeña, que a veces tropezaba por el suelo disparejo, iba vestida de ángel barroco, o más bien de arcángel de teatro al modo de la tradición española. Llevaba un pesado vestido blanco con bordados de plata, con unas grandes alas plateadas en la espalda; calzaba zapatos de plata con alas en los talones y en la cabeza un casco de plata adornado con plumas blancas, como se usó en España, a manera de ornamento triunfal o religioso después de la Conquista de la Indias; sus delicadas manos sostenían firmemente un escudo y una espada, también de plata o de cartón plateado. Y todo este metal espejeaba radiante entre las dos hileras de veladoras, mientras que la niña, seguida por una mujer con la cabeza cubierta que, según creo, era su madre, se dirigía a la iglesia; y si la palabra “esplendor” responde a algo, nunca la usaré más apropiadamente que para calificar aquello que desfilo ante nuestros ojos deslumbrados, esa noche, en el atrio, cuando no supimos si estábamos borrachos o soñábamos. El pequeño ángel entró a la iglesia; me pareció que la música se hacía más sonora y la luz más intensa en el pórtico, al mismo tiempo que sentía un poco de fresco y que un soplo de viento hacía vacilar las llamas de las veladoras. Nos levantamos. Pero una vez más nos ofrecieron la charola con los vasos; era imposible negarse (nos parecía) y cuando el mezcal pasó por mi garganta tuve la impresión de que el verde puñal de la planta se ensartaba en mi cerebro.Hubo entonces una especie de corte, o quizá mi recuerdo esté fragmentado. Sé que regresamos a la iglesia y que allí vimos al ángel en el coro, entre los demás niños que lo miraban sin atreverse a tocarlo. La música seguía sonando sin interrupción. Si hubiera cesado, seguramente hubiera podido ordenar mis ideas, encontrar algo que sirviera de explicación al espectáculo, pero no había esperanza alguna de que cesara mientras los músicos no estuvieran exhaustos y no presentaran el menor signo de fatiga. La mujer del velo (la madre) estaba parada en un rincón. No rezaba, y además no creo que hubiera sido admisible rezar en un momento como éste.Quizá bebimos otro vaso de mezcal…En verdad no sé. Me parece (aunque tengo mis dudas) que vi al ángel levantar los brazos y blandir la espada, no tanto como saludo sino más bien como gesto de defensa, como apartando a la gente de su traje. En todo caso, esa espada de bazar es algo inolvidable para mí, igual que el par de inmensos ojos en el rostro, más negros todavía en contraste con el casco de plata y el blanco plumaje; se confunde en mi recurso con la hoja terrible del mezcal y si aún conservo una visión de azucenas, se debe sin duda también a ella.Todo lo que sigue es indiscernible. ¿A qué hora volvimos a pasar la feria? No había nadie, salvo unos borrachos miserables, la gran rueda esta inmóvil, los puestos cerrados, las lámparas apagadas. Del hotel y su cuarto sórdido no diré nada que no haya dicho antes. Me he preguntado, a veces, de qué naturaleza era la fiesta a la que nos fue dado asistir, si esos hombres y mujeres pertenecían a una sociedad misteriosa, a una cofradía o si eran simples feligreses; y cómo habrán terminado la ceremonia. Me apresuro a añadir que nada se ha esclarecido y que no intentaré hacerlo. En el recurso que guardamos de los sueños, por lo general, todo se ordena alrededor de una imagen; eso me sucedió a mí con nuestra noche de Tehuantepec, que he conservado celosamente en la memoria y que me basta evocar para tener la felicidad de recuperarla entera, maravillosamente absurda, como se dio, con su clave, la única que me importa, y que es la fiel aparición de un pequeño ángel femenino y serio con su resplandeciente armadura. Mi deseo es que nunca desaparezca ni el renuevo de nuestra emoción ante tanta gracia encarnada ni el respeto que nos inspiró. Hay que amar la noche para que nos ofrezca tales dones.

1 comentario

Ángel Rodríguez -

Excelente!... Este es todo el cuento La noche de Tehuantepec de André Pieyre, o acaso es sólo un fragmento? Saludos.